miércoles, 14 de marzo de 2012


¿Qué Dios hay como tú que perdonas el pecado y absuelves la culpa de tu heredad?


Postrado ante ti, Señor,
comienzo por reconocer humildemente
cuánto es el amor que me tienes;
 me siento pequeño y pecador en tu presencia,
pero qué grande e inmenso es tu amor;

‘¿Qué Dios hay como tú que perdonas el pecado
y absuelves la culpa de tu heredad?’
Eres compasivo y misericordioso
y una vez más quiero proclamar
qué grande es tu amor,
porque mirándote a ti me doy cuenta
de lo que lejos que estoy de ti
con la miseria de mis pecados.

Qué fácil te reclamamos que no nos escuchas,
que no atiendes nuestras súplicas,
pero es que el pecado ciega nuestros ojos
para no ver tus maravillas;
que sepa yo reconocer la grandeza de tu amor;
que aprenda a contemplar tu rostro de bondad
que siempre nos acoge con misericorida;
que descubra la ternura de tu corazón
que no nos tienes en cuenta nuestros pecados
porque tu misericordia es infinita y eterna.

Como el hijo que se marchó de la casa del padre
estamos tantas veces reclamando nuestra parte
y huimos de ti y de tus caminos,
porque en nuestro orgullo pensamos
que nos lo sabemos todo
y que no necesitamos de nada ni de nadie
para hacer nuestro camino;
castillos en el aire sin cimientos ni fundamento
son muchas veces lo que queremos construir con nuestra vida,
o la cimentamos con falsos cimientos
cuando nos apartamos de tus caminos y de tu sabiduría;
se nos destruye la vida
como un castillo de naipes sin estabilidad
cuando solo queremos apoyarnos en nosotros mismos;
al final nos sentimos vacíos y sin nada,
con una vida de miseria y de mentira,
lejos de tus caminos y de la plenitud
que sólo en ti podemos encontrar.

Que sepa levantarme, Señor,
para volver a tu encuentro
sin ninguna vacilación ni temor;
porque no terminamos de conocerte
nos llenamos de miedo en nuestros caminos de regreso,
pero intuimos que en tu bondad nos vas a recibir
aunque solo sea como un jornalero,
ya que no merecemos que nos recibas como hijos;
pero nos vamos a encontrar con un padre,
un padre que nos ama siempre y nos está esperando,
un padre que nos ama con amor eterno
y siempre viene a nuestro encuentro para buscarnos;
un padre que nos sigue considerando hijos
a pesar de nuestras negruras y nuestras sombras,
y nos va a vestir el vestido nuevo de la dignidad de la gracia,
nos va a poner el anillo y las sandalias de los hijos,
nos va a hacer participar en el más festivo banquete de amor
en que no es un cordero cualquiera el que nos ofrece
sino el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo,
inmolado por nosotros en el sacrificio de la cruz
para alimentarnos y darnos vida,
para redimirnos y alcanzarnos la salvación,
para ser pascua salvadora en nuestra vida.

Que aprenda, Señor, a conocerte cada día más
para que no me olvide nunca de tu amor;
que aprenda a caminar a tu lado,
a tu ritmo,
siguiendo siempre tus pasos;
que aprenda a no alejarme nunca de ti
y si me alejo me sienta atraido
con lazos de amor y ternura
porque así siempre nos buscas;
que aprendamos a parecernos
a ese corazón misericordioso y lleno de amor
que tienes con todos,
para que a todos yo ame,
para que a todos yo ofrezca mi amor,
para que de todos siempre me sienta hermano.

Gracias, Señor, por tu amor.

viernes, 10 de febrero de 2012



MENSAJE DEL SANTO PADRE CON OCASIÓN DE LA
XX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
(11 de febrero de 2012)
“¡Levántate y vete; tu fe te ha salvado!” (Lc 17,19)

Queridos hermanos y hermanas:

En ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo, que celebraremos el próximo 11 de febrero de 2012, en el que recordamos a la Bienaventurada Virgen de Lourdes, deseo renovar mi espiritual cercanía a todos los enfermos que se encuentran en residencias o son atendidos en las familias, y expreso a cada uno la solicitud y el afecto de toda la Iglesia. En la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos.

1.     Este año, que constituye la preparación más próxima a la Solemne Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará en Alemania el 11 de febrero de 2013, y que se detendrá en la emblemática figura evangélica del samaritano (cfr Lc 10,29-37), quisiera poner el acento en los “Sacramentos de curación”, es decir, en el Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación, y en el de la Unción de los Enfermos, que tiene su natural cumplimiento en la Comunión Eucarística.
El encuentro de Jesús con los diez leprosos, que narra el Evangelio de san Lucas (cfr Lc 17,11-19), en particular las palabras que el Señor dirige a uno de ellos: “¡Levántate y vete; tu fe te ha salvado!” (v. 19), ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor. En el encuentro con Él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree no está nunca solo! Dios, en efecto, en su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlos y desea curar nuestro corazón en lo más profundo (cfr Mc 2,1-12).
La fe de aquel único leproso que, al verse sanado, lleno de asombro y de alegría, vuelve enseguida a Jesús para manifestarle su reconocimiento, deja entrever que la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo, y que encuentra expresión en las palabras de Jesús: tu fe te ha salvado. Quien invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, es cierto que Su amor no le abandona nunca, y que, también, el amor de la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca disminuye. La curación física, expresión de la salvación más profunda, revela, así, la importancia que el hombre, en su integridad de alma y cuerpo, tiene para el Señor. Cada uno de los Sacramentos, además, expresa y actúa la proximidad del mismo Dios, el cual, de manera absolutamente gratuita, “nos toca por medio de realidades materiales …, que Él toma a su servicio y las convierte en instrumentos del encuentro entre nosotros y Él mismo”  (Homilía, S. Misa del Crisma, 1 de abril de 2010). “La unidad entre creación y redención se hace visible. Los Sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero” (Homilía, S. Misa del Crisma, 21 de abril de 2011).
El quehacer principal de la Iglesia es, ciertamente, el anuncio del Reino de Dios, «pero este mismo anuncio debe ser de curación: “… vendar las llagas de los corazones rotos” (Is 61,1)» (ibid.), según la misión que Jesús confió a sus discípulos (cfr Lc 9,1-2; Mt 10,1.5-14; Mc 6,7-13). El binomio entre salud física y renovación de las laceraciones del alma nos ayuda, pues,  a comprender mejor los “Sacramentos de curación”.
2.     El Sacramento de la Penitencia ha sido, a menudo, el centro de reflexión de los Pastores de la Iglesia, por su gran importancia en el camino de la vida cristiana, ya que “toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une a Él con profunda amistad” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1468). La Iglesia, continuando el anuncio de perdón y de reconciliación aclamado por Jesús, no cesa de invitar a toda la humanidad a convertirse y a creer en el Evangelio. Así lo dice el apóstol Pablo: “En nombre de Cristo … somos embajadores: por medio de nosotros, es Dios mismo quien exhorta. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejaos reconciliar con Dios” (2 Co 5,20). Jesús,  durante su vida, anuncia y hace presente la misericordia del Padre. Él no ha venido para condenar, sino para perdonar y salvar, para dar esperanza también en la oscuridad más profunda del sufrimiento y del pecado, para donar la vida eterna; así, en el Sacramento de la Penitencia, en la “medicina de la confesión”, la experiencia del pecado no degenera en desesperación, sino que encuentra el Amor que perdona y transforma (cfr Juan Pablo II, Exhortación ap. postsin. Reconciliatio et Paenitentia, 31).
Dios, “rico en misericordia” (Ef 2,4), como el padre de la parábola evangélica (cfr Lc 15, 11-32), no cierra el corazón a ninguno de sus hijos, sino que los escucha, los busca, los alcanza allí donde el rechazo de la comunión aprisiona en el aislamiento y en la división,  los llama a reunirse en torno a su mesa, en la alegría de la fiesta del perdón y de la reconciliación. El momento del sufrimiento, en el cual podría surgir la tentación de abandonarse al desaliento y a la desesperación, puede transformarse en tiempo de gracia para entrar de nuevo en uno mismo y, como el hijo pródigo de la parábola, reflexionar sobre la propia vida, reconociendo los errores y fallos, sentir la nostalgia del abrazo del Padre y volver a recorrer el camino hacia su Casa.  Él, en su gran amor, siempre, y de cualquier modo, vela sobre nuestra existencia y nos espera para ofrecer, a cada hijo que vuelve a Él, el don de la plena reconciliación y de la alegría.

3.     De la lectura del Evangelio emerge, claramente, cómo Jesús mostró siempre una particular atención hacia los enfermos. Él no sólo ha enviado a sus discípulos a curar las heridas (cfr Mt 10,8; Lc 9,2; 10,9), sino que también ha instituido para ellos un Sacramento específico: la Unción de los Enfermos. La Carta de Santiago atestigua la presencia de este gesto sacramental ya en la primera comunidad cristiana (cfr 5,14-16): con la Unción de los Enfermos, acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Señor doliente y glorificado, para que les alivie sus penas y los salve; es más,  les exhorta a unirse espiritualmente a la pasión y a la muerte  de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del Pueblo de Dios.
Este Sacramento nos lleva a contemplar el doble misterio de Monte de los Olivos, donde Jesús se encuentra dramáticamente delante de la vía que le indicaba el Padre, la de la Pasión, la del supremo acto de amor, y la acepta. En esa hora de prueba, Él es el mediador “trasladando a sí mismo, asumiendo él mismo el sufrimiento y la pasión del mundo, trasformándola en grito hacia Dios, llevándola antes los ojos y las manos de Dios, y así, llevándola realmente al momento de la Redención” (Lectio divina, Encuentro con el clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Pero “el Huerto de los Olivos es …, también, el lugar en el cual  Él asciende al Padre y, por tanto, el lugar de la Redención … Este doble misterio del Monte de los Olivos está siempre  “activo” también en el óleo sacramental de la Iglesia … signo de la bondad de Dios que nos toca” (Homilía, S. Misa del Crisma, 1 de abril de 2010). En la Unción de los Enfermos, la materia sacramental del aceite se nos ofrece, por así decir, “como medicina de Dios … que ahora nos da la certeza de su bondad, nos debe fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, más allá del momento de la enfermedad, restituya a la curación definitiva, a la resurrección (cfr Gc 5,14)” (ibid.).
Este Sacramento merece hoy una mayor consideración, tanto en la reflexión teológica como en la acción pastoral de los enfermos. Valorizando los contenidos de la oración litúrgica que se adaptan a las diversas situaciones humanas unidas a la enfermedad, y no sólo cuando se ha llegado al final de la vida (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, 1514), la Unción de los Enfermos no debe ser considerada  casi como “un sacramente menor” respecto de los otros. La atención y el cuidado pastoral hacia los enfermos, por un lado es señal de la ternura de Dios para los que sufren, y por otro lado produce ventaja espiritual también a los sacerdotes y a toda la comunidad cristiana, sabiendo que todo lo que se hace al más pequeño, se hace al mismo Jesús (cfr Mt 25-40).

4.     A propósito de los “Sacramentos de la curación”, S. Agustín afirma: “Dios cura todas tus enfermedades. No temer, pues: todas tus enfermedades serán curadas … Tú sólo debes permitir que él te cure y no debes rechazar sus manos” (Exposición sobre el salmo 102, 5: PL 36, 1319-1320). Se trata de medios preciosos de la Gracia de Dios, que ayudan al enfermo a conformarse, cada vez con más plenitud,  con el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo. Junto a estos dos Sacramentos, quisiera también subrayar la importancia de la Eucaristía. Recibida en el momento de la enfermedad contribuye, de manera singular, a realizar esta transformación, asociando a quien se nutre con el Cuerpo y la Sangre de Jesús al ofrecimiento que Él ha hecho de Sí mismo al Padre para la salvación de todos. Toda la comunidad eclesial, y la comunidad parroquial en particular, presten atención para asegurar la posibilidad de acercarse con frecuencia a la Comunión sacramental a quienes, por motivos de salud o de edad, no pueden ir a los lugares de culto. De este modo, a estos hermanos y hermanas se les ofrece la posibilidad de reforzar la relación con Cristo crucificado y resucitado, participando, con su vida ofrecida por amor a Cristo, en la misma misión de la Iglesia. En esta perspectiva, es importante que los sacerdotes que prestan su delicada misión en los hospitales, en las residencias y en las habitaciones de los enfermos se sientan verdaderos « “ministros de los enfermos”, signo e instrumento de la compasión de Cristo, que debe llegar a todo hombre marcado por el sufrimiento » (Mensaje para la XVIII Jornada Mundial del Enfermo, 22 de noviembre de 2009).
La conformación con el Misterio Pascual de Cristo, realizada también mediante la práctica de la Comunión espiritual, asume un significado muy particular cuando la Eucaristía se administra y se acoge como viático. En ese momento de la existencia, resuenan de modo aún más incisivo las palabras del Señor: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). La Eucaristía, en efecto, sobre todo como viático, es – según la definición de san Ignacio de Antioquia – “fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte” (Carta a los Efesios, 20: PG 5, 661), sacramento del pasaje de la muerte a la vida, de este mundo al Padre, que a todos espera en la Jerusalén celeste.

5. El tema de este Mensaje para la XX Jornada Mundial del Enfermo, “¡Levántate y vete; tu fe te ha salvado!”, se refiere también al próximo “Año de la fe”, que iniciará el 11 de octubre de 2012, ocasión propicia y preciosa para redescubrir la fuerza y la belleza de la fe, para profundizar su sentido y para testimoniarla en la vida de cada día (cfr Carta ap. Porta fidei, 11 de octubre de 2011). Deseo animar a los enfermos y a los que sufren a encontrar siempre un áncora segura en la fe, alimentada por la escucha de la Palabra de Dios, por la oración personal y por los Sacramentos, mientras que invito a los Pastores a estar cada vez más disponibles en su celebración para los enfermos. Siguiendo el ejemplo del Buen Pastor y como guías del grey confiado a ellos, los sacerdotes se sientan llenos de gozo, atentos con los más débiles, los sencillos, los pecadores, manifestando la infinita misericordia de Dios con las palabras tranquilizadoras de la esperanza (cfr S. Agustín, Carta 95, 1: PL 33, 351-352).
A todos los que trabajan en el mundo de la salud, como también a las familias que en sus propios familiares ven el Rostro sufriente del Señor Jesús, renuevo mi agradecimiento y el de la Iglesia, porque, en su profesión y en el silencio, a menudo, sin decir el nombre de Cristo, lo manifiestan concretamente (cfr Homilía, S. Misa del Crisma, 21 de abril de 2011).
A María, Madre de Misericordia y Salud de los Enfermos, dirigimos nuestra mirada confiada y nuestra oración; su materna compasión, vivida junto al Hijo  agonizante en la Cruz, acompañe y sostenga la fe y la esperanza de cada persona enferma y que sufre en el camino de curación de las heridas del cuerpo y del espíritu.
A todos aseguro mi recuerdo en la oración, mientras imparto a cada uno una especial Bendición Apostólica.

En el Vaticano, el 20 de noviembre de 2011, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo.

                                                                                        Benedictus PP XVI

jueves, 3 de noviembre de 2011

ORACIÓN POR UNA IGLESIA SANTA Y POR LOS DIFUNTOS


- ESQUEMA -

MOTIVACIÓN ORACIÓN

Unimos en la oración de esta tarde las celebraciones tenidas esta semana de la fiesta de Todos los Santos y la Commemoración de Todos los Difuntos. Lo hacemos también desde un sentido de Iglesia con la mirada puesta en el Día de la Iglesia Diocesana a tener en un par de domingos.

Escuchamos la llamada a la santidad que ha significado la fiesta de Todos los Santos y sentimos que ese camino no lo podemos hacer sino con la ayuda de la gracia del Señor. Reflexionamos sobre la llamada que el Señor nos hace y oramos para que el Señor nos acompañe con su gracia. Es el primer momento de nuestra oración.

Exposición del Santísimo y cántico: Iglesia peregrina

Oración por la Iglesia

¡Bienaventurada eeres tú, Iglesia, porque eres pueblo de Dios!

Señor, somos peregrinos,

caminantes sedientos de lo Absoluto.

Vagamos por este mundo

sin tener tierra propia.

Tú, Señor, eres nuestra tierra prometida.

Tú el que al caminar nos haces camino.

Gracias por ser pueblo de Dios,

donde viven pobres y ricos,

buenos y malos,

santos y pecadores,

obispos y laicos.

Haz nuestra Iglesia, Señor,

capaz de transmitir la bienaventuranza

de la reconciliación;

que sea un recinto de paz y de amor,

capaz de transmitir esperanza.

Señor, haznos Iglesia caminante,

no instalada en la comodidad,

abriendo nuevos horizontes.

Haz que en comunión con el Papa,

seamos signos de universalidad,

de valentía y osadía

en los caminos del Espíritu.

Haz, Padre,

un pueblo de hermanos,

una comunidad de amigos

testimoniando el amor de Jesús

en el gozo de ser

portadores de la nueva civilización

de la vida y del amor.

Haznos felices en el pueblo de Dios,

caminantes hacia la plenitud del amor.

Amén.

Proclamación del texto del Apocalipsis

Reflexión:

¿A quienes contemplamos entre esa muchedumbre que nos describe el Apocalipsis? Los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus mantos en la sangre del Cordero, los que tienen en sus manos las palmas de la victoria, porque ya cantan en el cielo la gloria del Señor.

¿Formaremos parte un día de ese cortejo? Es nuestro deseo y nuestra esperanza. Caminamos por la vida en la gran tribulación que nos dice el texto sagrado, y queremos ser fieles. Ya hemos sido comprados con la Sangre del Cordero, de Cristo que nos ha redimido y por la fuerza del Espíritu somos hijos, hijos de Dios. Así ha sido el amor que el Padre nos ha tenido.

Queremos ser fieles y luchamos por vivir el espíritu de las bienaventuranzas. Queremos ser fieles y queremos vivir en el amor y haciendo el bien. Queremos ser fieles y ansiamos vivir una vida santa apartándonos del pecado.

Nos cuesta, pero confiamos en el Señor. Oramos a Dios para que nunca nos falte su gracia. Vamos a hacerlo ahora. Vamos a mirar nuestra vida ahí en esas cosas que nos cuestan y vamos a pedirle al Señor por ello. Oramos para que en esos momentos de debilidad tengamos la fuerza del Señor. Oramos para que el Señor nos haga crecer en el amor y en las cosas buenas.

Silencio meditativo

Plegaria

Unámonos a la alabanza que tributan a Dios todos los bienaventurados

Respondemos diciendo: Bendito seas, Señor

· Por tu Hijo, hecho hombre por nosotros.

· Por María, glorificada conjuntamente con tu Hijo

· Por todos los que ayudan a los demás a escalar la perfección

· Para que nadie sea obstáculo que impida el avance de todos hacia el cielo

· Por todos los que entregaron sus vidas a favor de los hermanos

· Por los que se esfuerzan en realizar la tarea de la propia santidad

· Por los educadores que enseñan a los alumnos los caminos del bien

· Por los padres que despiertan en sus hijos virtudes religiosas

· Por todos los santos nuestros hermanos que nos esperan con la corona de gloria

Te damos gracias, Señor, por el hombre. Tú has puesto en él tus ojos de Padre; concédenos que siguiendo el ejemplo de los buenos, merezcamos sentarnos junto a Ti en el Reino que nos tienes preparado. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración por los difuntos

El segundo momento de nuestra oración va a ser orar por los difuntos. Escuchamos un texto del Antiguo Testamento que habremos escuchado muchas veces.

Proclamación del texto de los Macabeos

Reflexión y oración

Si oramos por los difuntos es porque tenemos esperanza en al vida eterna y creemos en la resurrección. Son artículos de nuestra fe. Si Judas Macabeo no hubiera creido y esperado en la resurrección no hubiera tenido sentido el ofrecer aquel sacrificio en el templo de Jerusalén. Nosotros lo hacemos tambien desde esa esperanza. Porque ademas contemplamos a Cristo muerto y resucitado. Es nuestra certeza. Nuestra seguridad. Y no ofrecemos ni una oración cualquiera ni un sacrificio cualquiera, porque en nuestra oracion está Jesús, está el sacrificio de Cristo.

Vamos a hacerlo esta tarde. Vamos a recordar a nuestros difuntos, nuestros familiares, nuestros amigos, las personas con las que hemos convivido a lo largo de la vida o en los ultimos años. Vamos a pensar en ellos y hacer como un recorrido de sus nombres delante del Señor.

Silencio orante

Plegaria

Oremos al Señor Jesús, que transformará nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo y digámosle:

· Tú, Señor, eres nuestra vida y nuestra resurrección

· Oh Cristo, Hijo de Dios vivo, que resucitaste de entre los muertos a tu amigo Lázaro, lleva a una resurrección de vida a los difuntos que rescastaste con tu sangre preciosa

· Oh Cristo, consolador de los afligidos, que, ante el dolor de los que lloraban la muerte de Lázaro, del joven de Naín y de la hija de Jairo, acudiste compasivo a enjugar sus lágrimas, consuela tambien ahora a los que lloran la muerte de los seres queridos.

· Oh Cristo Salvador, destruye en nuestro cuerpo mortal el dominio del pecado por el que merecimos la muerte, para que obtengamos en ti la vida eterna.

· Oh Cristo Redentor, mira benignamente a los que, por no conocerte, viven sin esperanza, para que crean también ellos en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro.

· Tú que, al dar la vista al ciego de nacimieto, hiciste que pudiera mirarte, descubre tu rostro a los difuntos que todavía carecen de tu resplandor.

· Tú, Señor, que permites que nuestra morada corpórea sea destruída, concédenos una morada eterna en los cielos.

Canto eucarístico y Bendición con el Santísimo

sábado, 22 de octubre de 2011

Carta apostólica en forma de Motu proprio Porta fidei del Sumo Pontífice Benedicto XVI con la que se convoca el Año de la fe

Carta apostólica en forma de Motu proprio
Porta fidei
del Sumo Pontífice Benedicto XVI
con la que se convoca el Año de la fe


1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.


2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.


3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.


4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca». Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla». Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios, para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.


5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».


6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».


En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).


7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo». El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».


Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.


8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.


9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.


No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.


A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.


Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.


La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».


Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.


Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.


11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».


Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.


En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.


12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.


En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.


13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.


Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.


Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).


Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.


Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).


Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.


Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar.

Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).


Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.


También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.


14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).


La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).


15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.


«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.


Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.



Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

Traducción: Secretaria de Estado