jueves, 26 de marzo de 2009
Clara Rojas: "El secuestro me puso a prueba la fe a todos los niveles"
ROMA, jueves, 26 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- La esperanza, el perdón y el respeto a la vida fueron virtudes fundamentales que Clara Rojas luchó por mantener durante los seis años que estuvo secuestrada en la selva colombiana.
Asegura que la fe, inculcada por sus padres y las hermanas de la comunidad de Cristo Rey, en el colegio donde estudió en Bogotá, constituyeron una base sólida para que en su cautiverio pudiera cultivar estas virtudes.
La abogada colombiana, de 45 años, secuestrada junto con Ingrid Betancourt el 23 de febrero de 2002 y liberada el 10 de enero del año pasado, ha visitado Roma junto con su madre Clara González de Rojas y su hijo Emmanuel. El miércoles 11 de marzo, los tres estuvieron presentes en la audiencia general con el Papa Benedicto XVI.
En su cautiverio, como ella confiesa, su fe fue probada: cuando se enteraba del asesinato de otros compatriotas suyos que llevaban como ella años secuestrados, o cuando en medio de su cautiverio nació su hijo Emmanuel, de quien estuvo separada durante tres años.
En diálogo exclusivo con ZENIT, Clara compartió la experiencia de la fe en medio de la incertidumbre total.
--Cuando estaba secuestrada, ¿Por qué optó por el camino de la fe?
--Clara Rojas: En el secuestro, cuando uno está solo, solamente le queda tocar las puertas de Dios. Me acordé de las bases católicas que tuve y a las que pude echar mano. El secuestro me permitió fortalecer mi fe en Dios y la puso a prueba a todos los niveles. Tuve muchas oportunidades de reflexionar, muchos momentos de paz y de tranquilidad, y eso me permitió orar, pedirle a mi Dios. Y creo que las oraciones tuvieron eco y llegaron a algún lado y finalmente gracias a esto se pudo hacer el milagro de encontrar la libertad y de encontrarme con mi hijo.
A veces tenía sueños que uno no logra entender y con el paso del tiempo voy comprendiendo. Eran como una voz que me decía que tuviera calma y que esperara. En los últimos tres o cuatro meses, antes de que me liberaran, sentí cómo si me hubieran dado a entender que primero iba a salir libre y luego que me iba a encontrar con mi hijo. Eso para mí fue fundamental. Es como si hubiera entrado en una paz y sin saber qué iba a pasar, pero con la certeza de que todo estaría bien. Acepté que la liberación podía ser una posibilidad. Después de tanto rezar, recibí bien la noticia de la liberación y no me sorprendió, lo di por hecho. Alisté mi equipaje, aunque no tenía muchas cosas. Dejé unas cosas que ya no me servían y viajé con lo mínimo. Algunos de los que estaban conmigo, no creían y me decían: "los guerrilleros ni siquiera le han confirmado que la van a liberar". Pero yo en el fondo sabía que sí. Y era por mi fe en Dios y en la Virgen.
--Algunas personas en Colombia han criticado el hecho de que tanto usted como Ingrid hayan acudido a la fe en el secuestro. ¿Cree esto es un escape o es realmente un medio para fortalecer la esperanza?
--Clara Rojas: Yo respeto mucho las opiniones de las personas, quizá es porque ellos no han vivido una situación límite, como en mi caso particular. Cuando uno no tiene nada ni nadie que le pueda dar un apoyo, y cuando uno tiene una educación cristiana como la tuve yo, lo uno que tiene que hacer es echar mano de Dios Todopoderoso y aferrarse a esto para poder buscar una luz porque son momentos en los que uno ve total oscuridad, no sabe si lo van a liberar, no sabe si lo van a matar, y además se está solo. De alguien tiene uno que agarrarse para poder sobrevivir. Nadie sabe en carne propia lo que eso significa. Para mí el secuestro constituyó una oportunidad de afianzar mi fe y le doy gracias a Dios, porque gracias a esa fe me mantuve viva. Si yo no hubiera pensado que existía Dios, que había una esperanza, y que siempre había una posibilidad de encontrar mi libertad, hubiera desfallecido en el primer momento.
Tuve esperanza gracias a que pude leer la Biblia en su integridad, gracias a que pude orar, gracias a que pude soñar. Recibí muchos mensajes de personas que decían que estaban rezando por mí y por la liberación de mi hijo, que me permitieron saber que la libertad podía ser una realidad. Me siento feliz de saber que gracias a la fe estoy viva. Eso lo comparto con la gente sobre todo en estas épocas en que aparentemente nadie cree nada. Les digo que la fe es una fuerza muy importante, no se ve pero mueve montañas.
Le voy a contar algo que viví estando secuestrada: A veces le cantaba a la Virgen canciones que había aprendido de niña y un día me trajeron la comida y uno de los guerrilleros me preguntó ¿usted a quién le canta? Y yo dije: "a Dios y a la Virgen y le estoy dando gracias a Dios de que estoy viva y de que puedo comer". El guerrillero me respondió: "Clara, pero, ¿usted cree que si Dios existiera usted estaría donde está?". Yo le dije: "Dios es un papá. Es como cuando yo iba a cine y le decía a mi papá: 'dame plata para ir a cine'. Yo le estoy pidiendo a Dios que me de la fortaleza para encontrar la libertad. Es alguien que nos puede dar un apoyo cuando creemos que esto es imposible".
--Durante su secuestro Colombia atravesó momentos muy difíciles como el asesinato del ex ministro de Defensa Gilberto Echeverri en un intento de rescate de parte del Ejército o de los once diputados del departamento del Valle del Cauca. ¿Cómo estos momentos pusieron a prueba su fe?
--Clara Rojas: Fueron momentos muy dramáticos, yo pensé que podía correr la misma suerte porque sin lugar a dudas el Ejército siempre nos seguía. Lo sentía por el paso de los helicópteros. Nos movían de un lado al otro, sabíamos que debíamos temer lo peor. Rezaba mucho porque a mí esas muertes me impactaron enormemente. Lloré, me angustié pero fue cuando más encomendé mi vida a Dios. Él en el cielo escuchó. No hay otra explicación posible.
--¿Es la primera vez que viene a Roma?
--Clara Rojas: No. Creo que es mi cuarta vez. Vine en un momento con mi madre y mi abuela, cuando era muy niña, vimos al Papa Pablo VI. Esos son los recuerdos que siempre permanecen ahí. Había ido a la Fontana di Trevi, eché a monedita y dije que quería volver. Ayer hice lo mismo con mi hijo. Luego, más adelante, vine por trabajo un par de ocasiones. Volver con el paso de los años ha sido muy lindo.
--¿Por qué quiso regresar a Roma?
--Clara Rojas: Básicamente para ver al Papa. Él estuvo muy presente y también Juan Pablo II en sus mensajes. A ambos los escuchaba a través de la Radio Católica Mundial rezando el rosario a las 5 de la mañana, hora de Colombia. Cuando uno oye la voz del Papa en la situación en la que yo me encontraba, es muy emocionante.
Aunque no pude hablar con el Santo Padre fue muy lindo verlo en la audiencia del pasado miércoles en medio de la multitud. Tanto mi hijo como yo nos hemos sentido muy plenos de haber recibido su bendición.
Emmanuel me preguntó hace una semana si Dios baja del cielo y si está con nosotros. Yo le dije que Él está siempre con nosotros, aunque no lo vemos, pero que la próxima semana íbamos a viajar a Roma para ver al representante de Cristo en la tierra que es el Papa. Cuando él lo vio, quedó impactado por su presencia.
Quise venir también para agradecer la misión de facilitación que prestaron a través del padre Darío Echeverri. No podemos olvidar el apoyo de la Iglesia en la mediación de los secuestrados en mi país que es tan vital. El jueves tuve la oportunidad de hablar con el cardenal Darío Castrillón. Fue muy amable, le expresé mis pensamientos. Hablamos de cómo se pueden mantener esas líneas de comunicación para encontrar la libertad de las personas que aún están secuestradas.
--Pasando al tema de su hijo Emmanuel, quien nació en medio de secuestro. Si una mujer se encontrara en su misma situación y quisiera abortar ¿qué le diría?
--Clara Rojas: Respetando mucho las decisiones de otras personas, creo que uno tiene que hacer todo el esfuerzo para salvar la vida, porque las mujeres estamos hechas para dar vida. Yo invito a las mujeres a que, en cualquier circunstancia en la que estén, por más difíciles que sean, si ven la posibilidad de salvar la vida, que perseveren en conservarla. En ese momento nadie apostaba ni por mi vida ni por la vida de Emmanuel, pero yo digo que fue la mano de Dios que nos acompañó y, por más difícil que fue, Él nos dio la oportunidad de estar vivos y de reunirnos de nuevo.
Leyendo la Biblia descubrí que Emmanuel quiere decir "Dios con nosotros" y cuando estaba embarazada pensé: "mi hijo se tiene que llamar Emmanuel porque él es una bendición". Eso es lo que significa mi hijo en mi vida, "Dios con nosotros". Ahora creo que, si uno se preocupa por conservar la vida, Dios se encarga del resto.
--Vemos que fueron esas bases católicas las que le permitieron acudir a la fe en momentos tan difíciles. ¿Cómo cree que se deben conservar esas raíces en Latinoamérica?
--Clara Rojas: Son valores que se deben mantener. Yo respeto otras maneras de pensar, pero también al cabo del tiempo uno va viendo las enseñanzas de nuestra fe y que están en toda la vida cotidiana. La fe no sólo es cuestión de raíces sino también de cariño. A mí me enseñaron a querer a Dios y a la Virgen como miembros de la familia y esto con el paso del tiempo hizo la diferencia. Esa educación se la agradezco a mis padres. Son valores importantes para una sociedad con tanto conflicto.
--¿Cree que la fe le ha ayudado a perdonar a quienes la secuestraron y a quienes la separaron de su hijo?
--Clara Rojas: Claro que sí. Ahora estoy escribiendo un libro sobre mi experiencia en el secuestro. En éste desarrollo el tema del perdón y me pregunto, "¿dónde me inculcaron la importancia de perdonar?". Y pienso que esto viene de la fe. El perdón es importante no sólo para las personas que te hacen daño y que tú perdonas sino para ti mismo. Uno así no tiene una carga tan pesada de resentimiento y de odio. El perdón es un acto liberador que te permite vivir la vida y encontrar el sentido de la libertad de manera más tranquila y libre.
--Cuéntenos un poco acerca del libro que esta escribiendo
--Clara Rojas: Me he concentrado en contar mi historia, mi sentimiento y mi pensamiento. Lo que yo sufrí, lo que padecí, lo que tuve que afrontar. Hablo de cómo sobreviví y de qué me permitió pasar seis años sin libertad. En gran parte ha sido la voluntad de Dios que me dio la fortaleza para poderme mantener viva y encontrar la libertad. En parte es contar la historia por etapas y lo más importante es el reencuentro con la libertad.
--Ahora que está libre, ¿cómo sigue cultivando su fe?
--Clara Rojas: Le doy gracias a Dios. Cuando uno ha tenido y luego no ha tenido, finalmente debe valorar lo que tiene. Digamos que el primer pensamiento que me aparece es dar gracias a Dios por estar viva. Por ejemplo, antes había momentos en los que no valoraba los alimentos. Estando secuestrada tuve hambre. Ahora le doy gracias a Dios porque tengo los alimentos. El secuestro cambia la perspectiva de la vida.
Por Carmen Elena Villa
lunes, 2 de marzo de 2009
Alumbrando a otros
Hace cientos de años, había un hombre en una ciudad de Oriente. Un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella.
En determinado momento, se encuentra con un amigo.
El amigo lo mira y de pronto lo reconoce Se da cuenta de que es Guno, el ciego del pueblo entonces, le dice: ¿Que haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves...
Entonces, el ciego le responde:
-Yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí... No sólo es importante la luz que me sirve a mí sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.
¿No sabes que alumbrando a otros, también me beneficio yo, pues evito que me lastimen otros que no podrían verme en la oscuridad?
Cada uno de nosotros puede alumbrar el camino para uno y para que sea visto por otros, aunque uno aparentemente no lo necesite.
MORALEJA:
Alumbrar el camino de los otros no es tarea fácil, muchas veces en vez de alumbrar, oscurecemos mucho más el camino de los demás.
¿Cómo? A través el desaliento, la crítica, el egoísmo el desamor, el odio, el resentimiento...
¡Que hermoso sería si todos ilumináramos los caminos de los demás, sin fijarnos si lo necesitan o no!. Llevar luz y no oscuridad. Si toda la gente encendiera una luz, el mundo entero estaría iluminado y brillaría día a día con mayor intensidad.
Todos pasamos por situaciones difíciles a veces, todos sentimos el peso del dolor en determinados momentos de nuestras vidas, todos sufrimos en algunos momentos y lloramos en otros.
Pero no debemos proyectar nuestro dolor cuando alguien desesperado busca ayuda en nosotros.
No debemos exclamar como es costumbre: "La vida es así" llenos de rencor y de odio. No debemos... al contrario, ayudemos a los demás sembrando esperanza en ese corazón herido. Nuestro dolor es y fue importante, pero se minimiza si ayudamos a otros a soportarlo, si ayudamos a otro a sobrellevarlo
Luz, demos luz.
Tenemos en el alma el motor que enciende cualquier lámpara, la energía que permite iluminar en vez de oscurecer. Está en nosotros saber usarla. Está en nosotros ser Luz y no permitir que los demás vivan en las tinieblas.
El monje y el escorpión
Hace mucho tiempo, cuando los EE.UU. todavía estaba siendo colonizado, se fundó un pequeño poblado cerca del mar. Su puerto, amplio y seguro, era muy frecuentado por los buques que iban y venían, trayendo pasajeros, mercancías y noticias de otras tierras. Este movimiento hizo prosperar al poblado.
Los comercios y tiendas se multiplicaron. Más tarde los residentes construyeron una Catedral, bella y grande, y junto a ella los monjes benedictinos levantaron un austero monasterio.
Allí se estableció Carlos, un inmigrante recién llegado del Viejo Continente con su familia, sus pocas pertenencias y, sobre todo, su esperanza de que en el Nuevo Mundo estaba el próspero futuro con el que soñaba.
No se engañó, pues su pequeño negocio creció ante los ojos de todos.
En un corto período de tiempo, se convirtió en un rico comerciante. Pero... el comercio no es sólo la prosperidad. El gran progreso de la ciudad hizo aumentar la competencia y cada nuevo año los negocios de Carlos iban disminuyendo y siendo menos rentables.
Mal aconsejado por falsos amigos, consultó a adivinos y brujas y usó todo tipo de amuletos, pero en vano, ya que estas prácticas supersticiosas sólo le trajeron nuevos fracasos. Por último, llegó a la situación de ruina total.
Su cómodo hogar y todos los demás bienes serían confiscados para pagar las deudas.
Una noche, derrumbándose en la desesperación, decidió decirle a su esposa, Dolores, todo lo que había hecho. Ésta, que hacía mucho tiempo que estaba preocupada por el extraño comportamiento de su esposo, se sorprendió al escuchar todos estos detalles. Pero supo dominarse y conversó pacientemente con él, recordándole que cuando con humildad reconocemos nuestros pecados, la Providencia nos perdona y se aprovecha de ellos para hacernos un mayor beneficio.
Al día siguiente, Dolores acompañó a su marido a la iglesia, donde se confesó, y se comprometieron a rezar juntos, todos los días, pidiéndole a Dios un medio para salir de tan triste situación.
Algún tiempo más tarde, Dolores, dijo:
— Hoy, mientras rezábamos, tuve una inspiración. Quién sabe, si vas al monasterio benedictino y los monjes nos ayudan de alguna manera...
Carlos consideró las palabras de su esposa como un signo que Dios respondería a su petición. Partió inmediatamente y caminó, bajo el sol canicular del mediodía, hasta el majestuoso monasterio, con la certeza de que allí encontraría auxilio.
Llamó a la puerta y poco después el monje portero abrió y le dio la bienvenida con gran amabilidad:
— ¡Gloria a Dios! ¿En qué puedo servirle?
Carlos le contó toda su historia y llorando cayó a sus pies. El monje le miró con benevolencia, lo tomó por el brazo lo levantó y le dijo:
— ¡No se desespere! Tenga siempre confianza en Dios y Su Santísima Madre. Ellos le ayudarán a rconstruir su vida. Nuestro Señor dijo: “Si tienes la fe del tamaño de un grano de mostaza, diréis a este monte: ‘transpórtate de aquí a allí', y él irá; y nada os será imposible” . Y si Él cuida con tanto afecto los lirios del campo, ¿va a abandonar a uno de sus hijos?
Mientras el religioso procuraba consolar a Carlos, vio arrastrarse a un escorpión en las rocas, junto a la pared, fuera del monasterio. Sin mostrar ningún temor, cogió al venenoso animal y éste... instantáneamente se convirtió en un escorpión de oro cuajado de piedras preciosas. Una joya, ¡como nunca se había visto hasta entonces!
— ¡Tenga ánimo! Este don de Dios le ayudará a salir de sus dificultades —dijo, entregándole la valiosa pieza al comerciante que lo miraba estupefacto.
Carlos dio las gracias al benevolente monje y volvió a casa triunfante, donde le contó todo a Dolores y los dos dieron gracias a Dios por este milagro. Sus problemas estaban resueltos. Vendida la joya por un buen precio, pudieron saldar todas las deudas y reanudar la vida.
Pasaron varios años. En una brillante mañana de primavera, un distinguido caballero, bien vestido, tocó la campilla del monasterio benedictino, trayendo una caja en sus manos. Salió el portero y, como siempre hacía, saludó amablemente:
— ¡Gloria a Dios! ¿En qué puedo servirle?
— ¡Gloria a Dios! Mi buen hermano, soy Carlos, el comerciante. Estoy aquí para agradecer a Dios los favores recibidos a través de su reverencia.
Hace unos años, vine a este monasterio desesperado, pidiendo ayuda. Y he recibido no sólo los medios para reconstruir mi fortuna, sino algo mucho más valioso: ese día, me di cuenta de que la verdadera felicidad no está en el dinero, en los negocios o en este mundo que pasa, está en la entrega total en las manos de Dios y de Su Madre Santísima. Con esto, ¡mi vida ha cambiado!
Dicho esto, sacó de una caja un bello estuche de terciopelo, lo abrió y entregó al religioso un maravilloso escorpión de oro y piedras, más valioso incluso que aquél que el humilde monje le había dado años atrás, fruto de un milagro.
El monje contempló por unos momentos, con toda tranquilidad, el precioso objeto, y complacido por su belleza, le dijo a Carlos:
— Hijo, acuérdese de las palabras de Nuestro Señor: “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma” Y más: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” .
En seguida, puso el escorpión de oro y diamantes en el mismo lugar donde, años antes, se arrastraba su predecesor. Éste al instante tomó vida y siguiendo su camino, desapareció en medio de las piedras.
sábado, 28 de febrero de 2009
Cuaresma: 40 días, 40 ideas del Papa
| Cuaresma: 40 días, 40 ideas del Papa |
| Se proponen 40 frases extraídas de los mensajes que Benedicto XVI ha dirigido a los cristianos con motivo de la Cuaresma desde que ocupa la sede de Pedro. |
1. Que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación [la confesión] y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. (2009)
2. El ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. (2009)
3. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (2009)
4. Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia. (2009)
5. Ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. (2009)
6. Esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio. (2009)
7. La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. (2009)
8. Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. (2009)
9. El ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos (...).Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. (2009)
10. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. (2009)
11. "Quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (San Pedro Crisólogo). (2009)
12. Que la Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". (2009)
13. La Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. (2008)
14. La limosna representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. (2008)
15. ¡Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas! (2008)
16. No somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. (2008)
17. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad. (2008)
18. No hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (2008)
19. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros. (2008)
20. Quien sabe que "Dios ve en lo secreto" y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza. (2008)
21. Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (2008)
22. Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría. (2008)
23. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos. (2008)
24. Podemos aprender [de Cristo] a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos. (2008)
25. Que María, Madre y Esclava fiel del Señor, ayude a los creyentes a proseguir la "batalla espiritual" de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna (2008)
26. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad (2007)
27. En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. (2007)
28. Miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios (...). En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. (2007)
29. El Todopoderoso espera el "sí" de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa. (2007)
30. Sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros. (2007)
31. La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. (2007)
32. Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo "eucarístico", en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y cada palabra. (2007)
33. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como "Señor y Dios" cuando metió la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor.
34. Cristo "me atrae hacia sí" para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor. (2007)
35. De ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar, sobre todo, las profundas necesidades de su corazón. (2006)
36. Quien no da a Dios, da demasiado poco. (2006)
37. Es preciso ayudar a descubrir a Dios en el rostro misericordioso de Cristo (2006)
38. Mientras el tentador nos mueve a desesperarnos o a confiar de manera ilusoria en nuestras propias fuerzas, Dios nos guarda y nos sostiene. (2006)
39. La Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquél que es la fuente de la misericordia. Es una peregrinación en la que Él mismo nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza (2006).
40. Aunque parezca que domine el odio, el Señor no permite que falte nunca el testimonio luminoso de su amor. A María, "fuente viva de esperanza", le encomiendo nuestro camino cuaresmal, para que nos lleve a su Hijo.
jueves, 26 de febrero de 2009
Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009
"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre"
CIUDAD DEL VATICANO, martes, 3 de febrero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha escrito Benedicto XVI para la Cuaresma 2009 que lleva por título "Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mateo 4, 2).
* * *
¡Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor ! la oración, el ayuno y la limosna ! para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.
Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer' es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo ! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.
En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.
La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).
En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).
La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".
Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
Vaticano, 11 de diciembre de 2008
BENEDICTUS PP. XVI
[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]
sábado, 14 de febrero de 2009
"Llevo 21 años postrado y nunca he renunciado a la vida"
Jokin Arano Lampreabe tiene 44 años y muchas ganas de vivir. Nació un 14 de enero de 1964 en Beruete, el décimo de doce hermanos (seis chicos y seis chicas). Pesó algo más de cuatro kilos y, aunque era algo revoltoso, creció dentro de la normalidad de un chico de su edad. Eso sí, no daba un palo al agua en el colegio: sólo aprobaba religión y gimnasia. Como había demasiadas bocas que alimentar en su familia, se puso manos a la obra. Su primer trabajo, a los 16 años, consistió en cercar con alambre de espino Rincón del Soto, un pueblo de La Rioja, para evitar que cruzara el ganado. A partir de entonces fue de obra en obra levantando tabiques, hasta que le contrataron definitivamente en Oricain. El tajo lo alternaba con la juerga. Le gustaba el baile y las chicas. Frecuentaba la discoteca Malloak en el alto de Azpirotz. Desde allí, lanzaba guiños a las más atrevidas. A sus 23 años, la vida circulaba por el carril de una calma tensa. Y el destino fue implacable. Una noche, a la salida de la jornada en Oricain, un trailer se interpuso a su regreso a casa. Centro Infanta Elena A las 11.10 de la mañana Jokin Arano aguarda puntual en el Centro Infanta Elena en mitad de un ábside, rodeado de sillas de madera vacías y grandes ventanales. El Infanta Elena es su hogar desde hace 21 años. Espera tumbado en una silla-camilla motorizada de dos metros de longitud, con un respaldo de Fórmula 1 hinchado con aire para evitarle rozaduras en el cuerpo. Arano padece un traumatismo craneoencefálico severo y tetraplegia a consecuencia del accidente que sufrió aquella noche en Oricain. Para charlar con él, y se le pueda mirar directamente a los ojos, como le gusta, hay que ubicarse a su derecha. La parte izquierda la conserva completamente paralizada. A esa hora, el hall es un hervidero de gente en sillas de ruedas resguardándose al calor de la calefacción que funciona a todo gas. Los más atrevidos desafían los 3 grados de temperatura del exterior y salen a echarse un pitillo. Familiares de internos se arremolinan a un lado de la centralita. El cartero entra y sale del edificio con paquetes y cartas. El ajetreo contrasta con la tranquilidad de Arano que, impasible, sostiene la mirada sobre la cima nevada del monte San Cristóbal. El viento se despeña gélido e intenta atravesar a este lado de los muros de piedra. Uno no puede evitar sentir una cuña de fuego y hielo en el estómago al acompañarle más allá del umbral. Arano desprende una sonrisa de agradecimiento por la visita. "Estoy nervioso", aclara. Acto seguido, arranca, y encarrila la silla-camilla entre los pasillos del Centro, su casa, desde hace 21 años. Un par de cinchas le sujetan las piernas a la altura de las rodillas para evitar que se descuelguen. Su mirada es transparente. Cambia de azul a verde, según por dónde incida la luz. El verde es el color favorito de Arano. "El verde esperanza, quien se viste de verde por guapo se tiene", expresa. Dirige la silla a toda velocidad. "Alcanza los 15 km por hora", advierte, al acercarse a la altura de su habitación, la número 225. Maniobra con habilidad y da marcha atrás para entrar. "¿Dónde me pongo?", pregunta con gracejo. "No me hagas moverme mucho", bromea. El cuarto es amplio y luminoso. Una ventana le sirve de escape al exterior. Varias personas caminan abrigadas al otro lado. Al final, se sitúa entre la mesa donde tiene la cadena de música que conecta cada mañana, y los pies de una cama que le abrigó durante nueve años. A su izquierda, en lo alto, cuelga de un brazo una pequeña televisión que enciende cuando hay partido de pelota. Una estantería sin libros, dos fotografías (en una de ellas posa con el Rey) y un trofeo que ganó al mus. Arano no para de contar chistes picantes y hablar sobre mujeres. "Me gustan más que el chocolate, y mira que me gustan los canutillos rellenos de chocolate...". Sonríe pícaro. "Sabes en que se parece el techo al ombligo de una mujer... Adivina...". Prefiere no terminarlo. Contra la eutanasia "Si no llega a ser por aquel viaje en ambulancia a Madrid... no sé que hubiese sido de mí". Cambia el semblante. Lo endurece. Fue el 8 de septiembre de 1987. "Era el cumpleaños de mi madre. Vaya aniversario le di", recuerda desolado. "Salía de trabajar. Serían las 20.40 horas, estaba a punto de oscurecer. En el asiento del copiloto iba Iñaki, un compañero de la obra. A él le pilló con 17 años", detalla. "Conducíamos el coche del jefe. En el maletero transportaba dos bidones de gasoil que, para que no volcaran, los ceñí con el cinturón de seguridad. Abrí la ventanilla, apoyé el brazo fuera del coche y conduje despacio por la antigua carretera de Oricain. Circulábamos a 80 kilómetros por hora. No podíamos ir más rápidos porque el embrague resbalaba. Y cuando menos lo esperábamos, un trailer góndola se interpuso entre nosotros. Si lo llego a esquivar, nos hubiésemos empotrado contra un árbol. Chocamos contra la esquina de la parte trasera de la góndola. Ya en el hospital me metieron en el quirófano para operarme de la cabeza. Por algún error, salí en coma. Hasta el 16 de noviembre no recuperé el habla". Las primeras palabras que pronuncié al despertar, las recuerdo muy bien, fueron que tenía mucha resaca y que me trajesen algo de beber. Mi hermano estaba a mi lado". A Jokin Arano le han intervenido en ocho ocasiones, la más corta duró siete horas y media. "A Iñaki se le rompió la mandíbula". No sabe bien qué ha sido de su vida. "La carretera es muy dura. Hay que poner en el asfalto los 5 sentidos y uno más. Ha sido un trago muy duro. Todo pasó en un segundo y en mi caso, con consecuencias para toda la vida". El megáfono de aviso del Centro Infanta Elena interrumpe la conversación. Al mencionarle el último caso de suicidio asistido por el que el estadounidense Craig Ewert de 59 años decidió ingerir voluntariamente una pócima letal y morir mientras le grababan, Arano se queda pensativo, alza los ojos verdes a la luz de la ventana y con la mirada, ahora en azul, prosigue. "Este hombre tenía que estar muy desesperado. No comparto esa decisión. Este mundo no es el que vivís vosotros, se ve todo de otra manera, no obstante, estoy en contra de la eutanasia y el suicidio asistido. Siempre hay algo por lo que vivir. He pasado nueve años sin levantarme de esta cama", indica con un gesto de cabeza, "y lo tengo claro, mientras haya vida quiero vivirla". Toma un respiro. "En estas circunstancias se puede encontrar cualquiera a lo largo de la vida. Yo animo a que estas personas luchen y sigan viviendo con las posibilidades que le queden a uno". Arano recuperó su independencia el 18 de noviembre de 1995. " Volví a la vida. Al comprar esta silla-camilla he recuperado mi independencia. Desde entonces soy como un chaval de 12 años, con el mismo espíritu". Jokin cumple 45 años el 14 de enero. "No pienso en lo que me ha pasado. Eso de cerrar los ojos es lo último. Sólo miro hacia adelante..." Jokin extrae una pequeña vara de madera de haya de la parte derecha de su pantalón y se rasca la nuca y el pecho. "Tengo un problema de descalcificación de huesos". "Casi me ahogo" "Mi familia decidió trasladarme al centro de rehabilitación de Coslada y allí reviví. Gracias a los ejercicios de rehabilitación en el gimnasio y la piscina, empecé a ganar algo de movilidad. Sin embargo, una mañana, en la piscina, casi me ahogo. El fisioterapeuta me dejó solo con un flotador en las rodillas y otro en la nuca. Me dijo que levantara la cabeza todas las veces que pudiese y allí me quedé, solo, subiendo y bajando la cabeza, hasta que se me escapó el flotador, se levantaron las rodillas y me quedé boca bajo. Tragué agua a 38 grados de temperatura. Estuve dos años sin probar el agua. Bebía mosto, zumo y leche". Suelta una carcajada cuando se le mira extrañado. Arano transmite energía y coraje. "En cierta manera, me siento un hombre afortunado, podía estar peor", asevera. "Nunca demuestro el mal humor. Me conformo como estoy, lo único que deseo es no tener más bajones", confiesa, ante la mirada del periodista. "Noviembre siempre ha traído lo bueno y lo malo a mi familia. Durante este mes murió mi padre, y yo regresé a la vida", explica. "Los accidentes son un problema de cada uno. Yo también hice muchas burradas en la carretera y ahora lo pienso. Mientras intentaba sacar el carné de conducir, he roto todos los coches de los hermanos". Una enfermera entra a la habitación y deja un juego de ropa limpia sobre el colchón. "¡Me levanto cantando a la orquesta Carisma de Falces y me acuesto "a pecaús" porque no me quiero dormir!", exclama. "La orquesta Carisma suele venir todos los años a este centro. Tengo su CD puesto. Conéctalo. De joven era un gran bailarín". Cuando se le pregunta por la crisis se hace el silencio. "¡Crisis! Yo sí que estoy en crisis, no tengo nada. A pesar de eso, hay que seguir adelante". "Mi ángel de la guarda" "Siempre estoy tumbado, así que debo estar planchado por la espalda. Por el otro lado, me ha salido una imponente curva de la felicidad. De vez en cuando, me gusta probar una buena chuleta". Jesús Jiménez también reside en el Infanta Elena. Es su ángel de la guarda. "Es sordomudo", apunta , "nos gusta ir al restaurante Bodegón en el Sadar a comer de vez en cuando, el me ayuda con la comida, está muy pendiente de mí". Arano se levanta a las nueve y media y apenas prueba bocado. "Desayuno lo mismo desde hace 18 años: zumo de manzana y un cola-cao bebido. Ni tostadas, ni galletas, ni pan, nada. No tengo ganas de comer a esa hora. Después voy al gimnasio y paseo. Eso sí, no sé lo que es el aburrimiento. Cuando estoy sólo me quedo tranquilo, con la mente en blanco. Recuerdo a mis amigos y familias y les telefoneo todos lo días" . Le encanta jugar al mus. Lo hace cada día. Exhibe orgulloso el trofeo que ganó junto a Sebastián, su pareja de partida, y compañero del Centro. "Otro año quedamos los segundos y nos regalaron un caja de bombones de dos pisos. A los primeros les dieron una agenda electrónica. Para qué quiero yo una agenda si no puedo escribir", suelta una carcajada. "Una vez que salgo de la habitación no entro hasta la noche. Siempre estoy activo, de marcha. Disfruto mucho de las excursiones que se preparan en el centro". Pero insiste, "lo que realmente me cautivan son las mujeres". Todavía recuerda a la última que le encandiló hace 24 años. "Tenía una amiga...", evoca aquel instante. Aparece un brillo en sus ojos, esta vez azules. "Ella es la que no se acuerda de mí. Así es la vida...". | ||||
viernes, 13 de febrero de 2009
Misionero en Paraguay devuelve un título honorífico al presidente italiano
ROMA, viernes, 13 febrero 2009 (ZENIT.org).- El sacerdote Aldo Trento es desde 1989 uno de los misioneros más conocidos de la Fraternidad de San Carlos Borromeo en Paraguay. Tiene 62 años y es responsable de una clínica para enfermos terminales de Asunción.
El 2 de junio pasado, el presidente de la República italiana Giorgio Napolitano le había conferido el título de Caballero de la Orden de la Estrella de la Solidaridad. Este miércoles, el sacerdote ha devuelto el reconocimiento a Napolitano por no haber firmado el decreto que habría detenido el protocolo médico para Eluana Englaro.
"¿Cómo puedo yo, ciudadano italiano, recibir semejante honor cuando usted, con su intervención, permite la muerte de Eluana, en nombre de la República italiana?", se pregunta.
"Tengo más de un caso como Eluana Englaro --relata Aldo Trento--. "Pienso en el pequeño Víctor, un niño en coma, que aprieta los puños, lo único que hacemos es darle de comer con la sonda. Ante estas situaciones, ¿cómo puedo reaccionar ante el caso de Eluana?".
"Ayer me traen una chica desnuda, una prostituta, en coma, dejada ante un hospital, se llama Patricia, tiene diecinueve años, la hemos lavado y limpiado. Y ayer empezó a mover los ojos", afirma.
"Celeste tiene once años, sufre una leucemia gravísima, no había sido nunca tratada, me la han traído sólo para enterrarla. Hoy Celeste camina. Y sonríe".
"He llevado al cementerio a más de seiscientos de estos enfermos. ¿Cómo se puede aceptar semejante operación como la que se hizo a Eluana?".
"Cristina es una niña abandonada en un basurero, es ciega, sorda, tiembla cuando la beso, vive con una sonda como Eluana. No reacciona, tiembla y basta, pero poco a poco recupera las facultades", añade.
"Soy padrino de decenas de estos enfermos. No me importa su piel putrefacta. Tendría que ver con qué humildad les curan mis médicos".
Aldo Trento dice experimentar un "dolor inmenso" por la historia de Eluana Englaro: "Es como si me dijeran: Ahora te cogemos a tus hijos enfermos".
Para el misionero, "el hombre no se puede reducir a cuestión química".
"¿Cómo puede el presidente de la República ofrecerme una estrella a la solidaridad en el mundo?. Así que he cogido la estrella y la he llevado a la embajada italiana en Paraguay".
"Aquí el racionalismo cae dejando espacio al nihilismo --comenta--. Nos dicen que una mujer todavía viva estaría ya prácticamente muerta. Pero entonces es absurdo también el cementerio y el culto a la inmortalidad que anima a nuestra civilización".
Traducido del italiano por Nieves San Martín
martes, 10 de febrero de 2009
La Iglesia debe estar cercana a los niños enfermos y sus familias
La Iglesia debe estar cercana a los niños enfermos y sus familias
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 8 de febrero de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el Mensaje del Papa Benedicto XVI con motivo de la 17 Jornada Mundial del Enfermo, y que ayer hizo público la Santa Sede (11 de febrero próximo), y que este año se celebrará a nivel diocesano.
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Queridos hermanos y hermanas,
la Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el próximo 11 de febrero, memoria litúrgica de la Beata María Virgen de Lourdes, verá a las comunidades diocesanas reunirse con sus propios obispos en momentos de oración para reflexionar y decidir iniciativas de sensibilización sobre la realidad del sufrimiento. El Año Paulino, que estamos celebrando, ofrece la ocasión propicia para detenernos a meditar con el apóstol Pablo sobre el hecho de que, “así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación” (2 Cor 1,5). La unión espiritual con Lourdes nos trae además a la mente la maternal solicitud de la Madre de Jesús por los hermanos de su Hijo “aún peregrinos y puestos en medio de peligros y afanes, hasta que no seamos conducidos a la patria bendita” (Lumen gentium, 62).
Este año nuestra atención se dirige particularmente a los niños, las criaturas más débiles e indefensas y, entre estos, a los niños enfermos y sufrientes. Hay pequeños seres humanos que llevan en su cuerpo las consecuencias de enfermedades invalidantes, y otros que luchan con males hoy aún incurables a pesar del progreso de la medicina y la asistencia de buenos investigadores y profesionales de la salud. Hay niños heridos en su cuerpo y en su alma cono consecuencia de conflictos y guerras, y otros víctimas del odio de personas adultas insensatas. Hay “niños de la calle”, privados del calor de una familia y abandonados a sí mismos, y de menores profanados por gente abyecta que viola su inocencia, provocando en ellos una herida psicológica que les marcará para el resto de sus vidas. No podemos tampoco olvidar el incalculable número de menores que mueren a causa de la sed, del hambre, de la carencia de asistencia sanitaria, como también los pequeños exiliados y prófugos de su propia tierra con sus padres en búsqueda de mejores condiciones de vida. De todos estos niños se eleva un silencioso grito de dolor que interpela a nuestra conciencia de hombres y de creyentes.
La comunidad cristiana, que no puede permanecer indiferente ante tan dramáticas situaciones, advierte el imperioso deber de intervenir. La Iglesia, de hecho, como he escrito en la encíclica Deus caritas est, “es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario” (25, b). Auguro por tanto, que también la Jornada Mundial del Enfermo ofrezca la oportunidad a las comunidades parroquiales y diocesanas de tomar cada vez más conciencia de ser “familia de Dios”, y las anime a hacer perceptible en los pueblos, en los barrios y en las ciudades el amor del Señor, que pide “que en la misma Iglesia, en cuanto familia, ningún miembro sufra porque pasa necesidad” (ibid.). El testimonio de la caridad formar parte de la vida misma de cada comunidad cristiana. Y desde el principio la Iglesia ha traducido en gestos concretos los principios evangélicos, como leemos en los Hechos de los Apóstoles. Hoy, dadas las nuevas situaciones de la asistencia sanitaria, se advierte la necesidad de una más estrecha colaboración entre los profesionales de la salud que trabajan en las distintas instituciones sanitarias y las comunidades eclesiales presentes en su territorio. En esta perspectiva se confirma en todo su valor una institución relacionada con la Santa Sede, como es el Hospital Pediátrico Niño Jesús, que celebra este año sus 140 años de vida.
Pero hay más. Dado que el niño enfermo pertenece a una familia que comparte su sufrimiento a menudo con graves impedimentos y dificultades, las comunidades cristianas no pueden dejar de hacerse cargo también de ayudar a los núcleos familiares afectados por la enfermedad de un hio o de una hija. A ejemplo del “Buen Samaritano” es necesario que se incline hacia las personas tan duramente probadas y les ofrezca el apoyo de una solidaridad concreta. De este modo, la aceptación y el compartir del sufrimiento se traduce en un apoyo útil a las familias de los niños enfermos, creando dentro de ellas un clima de serenidad y esperanza, y haciendo sentir a su alrededor una familia más vasta de hermanos y hermanas en Cristo. La compasión de Jesús por el llanto de la viuda de Naím (cfr Lc 7,12-17) y por la implorante súplica de Jairo (cfr Lc 8,41-56) constituyen, entre otros, algunos puntos de referencia para aprender a compartir los momentos de pena física y moral de tantas familias probadas. Todo esto presupone un amor desinteresado y generoso, reflejo y signo del amor misericordioso de Dios, que nunca abandona a sus hijos en la prueba, sino que siempre les proporciona admirables recursos de corazón y de inteligencia para ser capaces de afrontar adecuadamente las dificultades de la vida.
La dedicación cotidiana y el compromiso sin descanso al servicio de los niños enfermos constituyen un elocuente testimonio de amor por la vida humana, en particular por la vida de quien es débil y en todo y por todo dependiente de los demás. Es necesario afirmar con vigor la absoluta y suprema dignidad de toda vida humana. No cambia, con el transcurso del tiempo, la enseñanza que la Iglesia proclama incesantemente: la vida humana es bella y debe vivirse en plenitud también cuando es débil y está envuelta en el misterio del sufrimiento. Es a Jesús crucificado a quien debemos dirigir nuestra mirada: muriendo en la cruz Él ha querido compartir el dolor de toda la humanidad. En su sufrimiento por amor entrevemos una suprema coparticipación en las penas de los niños enfermos y de sus padres. Mi venerado Predecesor Juan Pablo II, que desde la aceptación paciente del sufrimiento ha ofrecido un ejemplo luminoso especialmente en el ocaso de su vida, escribió: “Sobre la cruz está el 'Redentor del hombre', el Varón de dolores, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor podamos encontrar el sentido salvífico de su dolor y respuestas válidas a todos sus interrogantes” (Salvifici doloris, 31).
Deseo aquí expresar mi aprecio y ánimo a las Organizaciones internacionales y nacionales que se ocupan del cuidado de los niños enfermos, particularmente en los países pobres, y con generosidad y abnegación ofrecen su contribución para asegurarles cuidados adecuados y amorosos. Dirijo al mismo tiempo un urgente llamamiento a los responsables de las naciones para que se potencien leyes y reglamentos a favor de los niños enfermos y de sus familias. Siempre, pero aún más cuando está en juego la vida de los niños, la Iglesia, por su parte, está dispuesta a ofrecer su cordial colaboración en el intento de transformar toda la civilización humana en “civilización del amor” (cfr Salvifici doloris, 30).
Concluyendo, quisiera manifestar mi cercanía espiritual a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas, que sufrís cualquier enfermedad. Dirijo un afectuoso saludo a cuantos os asisten: a los obispos, a los sacerdotes, a las personas consagradas, a los agentes sanitarios, a los voluntarios y a todos aquellos que se dedican con amor a cuidar y a aliviar los sufrimientos de quien está luchando con la enfermedad. Un saludo muy especial para vosotros, queridos niños enfermos y sufrientes: el Papa os abraza con afecto paterno junto con vuestros padres y familiares, y os asegura un especial recuerdo en la oración, invitándoos a confiar en la ayuda maternal de la Inmaculada Virgen María, que en la pasada Navidad hemos contemplado una vez más mientras abraza con alegría entre los brazos al Hijo de Dios hecho niño. Al invocar sobre vosotros y sobre todos los enfermos la protección maternal de la Virgen Santa, Salud de los Enfermos, os imparto de corazón a todos una especial Bendición Apostólica.
En el Vaticano, a 2 de febrero de 2009
BENEDICTUS PP.XVI
[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]
Nuevo decálogo de Benedicto XVI sobre la palabra de Dios
Nuevo decálogo de Benedicto XVI sobre la palabra de Dios
1. La Palabra de Dios es firme. La Palabra de Dios es, en efecto, está firme en los cielos, sobre ella –que siempre persiste- el Señor fijó la tierra. Cielo y tierra pasarán, pero la Palabra de Dios no pasará. Si la misma palabra humana, a pesar de su fragilidad y caducidad, da forma a los pensamientos y a los sentimientos y crea la historia y la realidad, ¿cuánto más la Palabra de Dios, fundamento de todo, verdadera realidad? Los hombres nos esforzamos en fundamentar y construir nuestra vida y nuestra realidad sobre bases endebles y caducas, sobre cosas visibles y tangibles, sobre el éxito, sobre la carrera, sobre el dinero. Y en ellas ponemos nuestro corazón y la clave de la felicidad.
2. La Palabra de Dios es la verdadera realidad. “Aparentemente –señala certeramente el Papa- estas son las verdaderas realidades. Pero todo esto un día pasará. Lo vemos ahora en la caída de los grandes bancos: este dinero desaparece, no es nada. Y así todas estas cosas que parecen la realidad verdadera con la que contar, y que son realidades de segundo orden”. “Quien construye la vida sobre estas realidades –subrayaba proféticamente el Papa-, sobre la materia, sobre el éxito, sobre todo lo que parece ser, construye sobre arena. Solo la Palabra de Dios es el fundamento de toda la realidad, es estable como el cielo y más que el cielo, es la realidad”.
3. La Palabra de Dios es la verdadera riqueza, el éxito verdadero. No es la crisis económica la mayor de las plagas y desdichas ni es el dinero ni el éxito quien aporta la felicidad y la sabiduría verdadera. Solo la Palabra es la fuente del amor y de la vida. Solo la Palabra transforma el corazón del hombre y la vida de la entera humanidad
4. La Palabra de Dios es creadora y regeneradora. La Palabra de Dios además es la fuente de la vida y del amor, está dotada vitalidad, de fuerza creadora y regeneradora. Todas las cosas, toda la realidad, vienen de la Palabra, son un producto de la Palabra. Todo es creado por la Palabra y todo está llamado a servir a la Palabra.
5. La Palabra de Dios es el lugar del encuentro entre Dios y el hombre. “Esto quiere decir que toda la creación está pensada para crear el lugar del encuentro entre Dios y su criatura, un lugar donde el amor de la criatura responda al amor al amor divino, un lugar donde se desarrolle la historia de amor entre Dios y su criatura”. “La historia de la salvación no es un pequeño acontecimiento, en un pobre planeta, en la inmensidad del universo. No es una cosa mínima, que sucede por casualidad en un planeta perdido. Es el móvil de todo, el motivo de la creación: el encuentro de amor entre Dios y el hombre”.
6. La Palabra de Dios es el hallazgo definitivo. Por todo ello, la actitud de la criatura, la actitud del hombre es buscar la Palabra de Dios, que no es solamente un fenómeno literario, no es solo la lectura de un texto. Es el movimiento de mi existencia. Es moverse hacia la Palabra de Dios en las palabras humanas. Solo conformándonos al misterio de Dios, al Señor que es la Palabra, podemos entrar dentro de la Palabra de Dios. Debemos ser, pues, pacientes, perseverantes, humildes y apasionados buscadores y lectores con el corazón de la Palabra de Dios.
7. La Palabra de Dios es perenne, es universal. No conoce confines. Entrando en la Palabra de Dios, entramos realmente en el universo divino, en el universo de la Verdad, de la Belleza, de la Vida, del Amor. Entrando en la comunión con la Palabra de Dios, entramos en la comunión de la Iglesia que vive de la Palabra de Dios y nos hace salir de nuestros límites de lengua, de raza, de cultura, de miras.
8. La Palabra de Dios es el anuncio de Evangelio. “Por eso también la Evangelización –subraya el Papa-, el anuncio del Evangelio, la misión, no son una especie de colonialismo eclesial, con que queremos meter a otros en nuestro grupo. Es salir de los límites de las culturas individuales a la universalidad que nos comunica a todos, que nos une a todos y nos hace a todos hermanos”.
9. La Palabra de Dios es la escalera para llegar al amor de Jesucristo. La Palabra de Dios es como una escalera por la que podemos subir y bajar, con Cristo, a la profundidad de su amor. La Palabra tiene un rostro, es persona, es Jesucristo. Y antes de que nosotros podamos decir “Yo soy tuyo, Señor”, El ya nos ha dicho “Yo soy tuyo”. Y vivir esta doble realidad es estar en el corazón de la Palabra. Es estar salvados.
10. La Palabra de Dios es la Palabra de la Vida para siempre y para todos. “Tu Palabra, Señor, me da vida. Confío en Ti, Señor. Tu Palabra es eterna. En ella esperaré”.
domingo, 8 de febrero de 2009
DECALOGO PARA EL ENFERMO
1.-"La cruz es el regalo que Dios hace a sus amigos"
2.-"Deberíamos ir afanosos en busca de la cruz, como vá el avaro tras el dinero"
3.-" Las contradicciones nos ponen al pie de la Cruz y la cruz a la puerta del cielo
4.-" La mayor cruz es no tener cruz"
5.-"Yo no comprendo cómo un cristiano puede odiar la cruz y sacudirla de sus hombros"
6.- "Nada nos hace tan parecidos a Nuestro Señor como llevar su cruz; y todas las penas son dulces cuando se sufren en unión con Él"
7.- "¡Cuán felices nos consideraremos en el día del juicio por nuestros sufrimientos!"
8.-" ¡Qué dulce es morir cuando se ha vivido siempre sobre la cruz!"
9.-"El temor de la cruz es la más grande de nuestras cruces"
10.-" ¡Qué dulce, qué bello es conocer, amar y servir a Dios! Esto es lo único que tenemos que hacer en este mundo.
Cuando el sufrimiento te apriete, recuerda este decálogo de San Juan María Vianney (el Cura de Ars) y repite las siguientes palabras: "Qué dulce es morir cuando se ha vivido siempre sobre nuestra cruz."SONRÍE a tu cruz y te será más fácil aceptarla y llevarla.
Tomado del Web Católico de Javier

