miércoles, 14 de marzo de 2012


Restáuranos y purifícanos, Señor, para ser templos de tu gloria


Gracias, Padre,
porque tanto amaste al mundo que nos diste a tu Hijo,
para que todo el que cree en él tenga vida eterna;
queremos creer, Señor,
pero nuestra fe muchas veces se siente débil
y tentada por muchas dudas;
haznos crecer en la fe,
danos la gracia de creer,
alimenta nuestra vida de creyentes;
por eso venimos a ti,
y en ti queremos encontrar la gracia que necesitamos.

Hoy te contemplamos purificando el templo de Jerusalén,
pero sabemos que es a nosotros a quienes quieres purificar;
somos como ese edificio que se ha envejecido
y al que hemos adosado muchas cosas
que le quitan la primitiva belleza
con que lo enriqueciste en el Bautismo;
renuévamos, Señor,
purifícanos,
arranca de nosotros tantas cosas que afean nuestra vida
y rompen la belleza de la dignidad con que nos dotaste.

Sabemos que tenemos que ser santos
y tú vienes a santificarnos con tu gracia;
muchas veces nos cuesta
porque son muchos los apegos de nuestro corazón;
que no nos falte tu gracia
que nos purifique y nos fortalezca,
que nos llene de vida y de santidad,
que nos haga vivir como hiijos de Dios
y nos permita hacer la ofrenda más agradable de nuestra vida.

Queremos ser templos vivos para tu gloria;
queremos hacer la ofrenda más pura
de nuestro amor y de nuestra entrega,
de nuestro sacrificio unido al de la cruz,
porque en todo queremos siempre darte gloria y alabanza;

Nos preocupamos muchas veces de cuidar
la dignidad y la belleza,
la limpieza y el ornato de nuestros templos,
pero quizá pensamos menos
en la dignidad y la belleza de nuestro espíritu,
de nuestro corazón;
la pureza y santidad de ese templo de Dios que somos nosotros.

Es esa pureza y esa santidad la que tú nos pides, Señor;
es a lo que nos estás llamando hoy de manera especial
cuando escuchamos en el evangelio
la expulsión de los vendedores del templo.

De cuántas cosas tenemos que purificarnos, Señor;
en cuánto necesitamos restaurar
esa santidad de nuestra vida
que afeemos tantas veces con nuestro pecado;
cómo necesitamos en verdad
transformar muchas cosas en nuestro corazón
para que en todo y siempre podamos dart gloria, Señor.

Y eso que decimos de nosotros mismos,
tenemos que pensarlo también de los demás;
con cuánto respeto y amor tenemos que tratar a los hermanos;
ellos son también templo vivo del Señor
que hemos de respetar,
tratar bien y con dignidad;
que pensemos mucho en los demás y ayúdanos, Señor,
a tratarlos siempre bien y en toda su dignidad,
a respetarlos y a amarlos;
que nunca pisoteemos nunca,
de ninguna manera,
la dignidad de ninguna persona,
porque es mi hermano,
porque también es un hijo de Dios,
un templo del Señor.

Queremos ser piedras vivas del templo de tu Iglesia,

transvasando la fe, el culto y la religión

a la vida diaria,

al mundo,

a la familia,

al trabajo,

a los hermanos todos.

 

Así podremos adorarte y darte culto como tú quieres:

con una religión auténtica en espíritu y en verdad


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